Una vez más, como cada cuatro años, el segundo domingo de
julio es testigo del evento deportivo más importante del planeta. Una vez más,
como cada cuatro años, el país anfitrión, tenga o no a su equipo en la final,
se engalana para recibir a miles de aficionados, con o sin entrada, que sueñan
con ver a su selección coronarse campeona del mundo. Una vez más, como cada
cuatro años, miles de cámaras mostrarán al mundo entero lo que ocurre en un campo
de césped durante como mínimo 90 minutos.No, no, no, no. Disculpen pero no. No es correcto. No es posible hablar del partido de esta noche como algo que ocurre “una vez más”. Ni muchísimo menos. Esta no es una noche cualquiera, no es siquiera una noche como las otras en las que se han disputado finales del Campeonato del Mundo de fútbol. Porque sí, todas y cada una de las anteriores finales de los Mundiales han sido únicas e irrepetibles, episodios dorados en la historia de este deporte que inventaron los ingleses allá por el siglo XIX. Pero el partido que se va a disputar hoy en Río de Janeiro tiene algo especial. No es uno más, no es otra final a sumar en el historial del mejor y más prestigioso torneo de fútbol del mundo. Lo de hoy es otra categoría, otro nivel, un día de esos que quedarán en el recuerdo sea cual sea el resultado y sea cual sea la calidad del partido. Hoy el balompié y la Copa del Mundo vuelven al lugar donde se escribió una de las mejores historias que se cuentan de este juego de 22 jugadores y un balón. Hoy se vuelve a un escenario que todos conocen y casi todos veneran, un escenario que marcó un antes y un después en la trayectoria de este deporte, un escenario cuyo solo nombre huele a fútbol y a Mundial. Maracaná, el estadio que albergó la batalla futbolística más famosa de la historia, es capaz de eclipsar todo lo ocurrido antes para que sea su césped el que dicte sentencia, una sentencia que se recordará siempre y que dará a los vencedores la gloria eterna y a los vencidos una condena perpetua. Así ocurrió en 1950, cuando 11 uruguayos honraron su bandera imponiéndose a 175.000 brasileños, y así ocurrirá presumiblemente ahora, 64 años después, con el fracaso del anfitrión como único elemento común: Brasil, un país que forjó su leyenda tras salir de Maracaná herido de muerte y que hoy vuelve a agonizar al fallar en su intento de vengar la derrota que cambió su historia.
Esta noche el templo de Río acogerá un partido que, para
mayor grandeza suya, se va a convertir en el enfrentamiento más repetido en una
final de Mundial. Argentina y Alemania medirán por tercera vez
sus fuerzas en el duelo por el título, y desharán el empate a uno actual para
siempre, pues la victoria hoy será recordada eternamente. Más aún si los
vencedores son los argentinos, que podrán decir por los siglos de los siglos
que salieron campeones en Maracaná, como ya anticipan en el cántico que llevan
por bandera desde que comenzó el torneo el pasado 12 de julio. Los de Sabella pueden
ahondar en el sufrimiento brasileño con una segunda edición del ‘Maracanazo’, que puede ser más cruel incuso que la primera. Así lo sienten en Argentina, que
se ha movilizado para estar presente en un día que puede ser histórico, por lo
que 100.000 personas alentarán a Messi y compañía dentro y fuera del campo. Y
digo Messi, siempre Messi, porque él debe ser la llave del posible triunfo
argentino hoy.Y lo sabe. Sabe que de aparecer esta noche, su nombre quedará para
siempre en la memoria de sus compatriotas al mismo nivel que el de Maradona, y
eso es por lo que lleva luchando desde que los objetivos terrenales se acabaron
para él. Sabe que hoy es el día, el momento que lleva años esperando para poder
meterse sin ninguna discusión entre los grandes de los grandes de este deporte.
Él y sus compañeros se han ganado una oportunidad que probablemente nunca
volverá a repetirse, ganar el Mundial en Brasil, por lo que juegan el partido
de sus vidas. Eso se encargará de recordarlo seguro el gran capitán del equipo,
Javier Mascherano, que puede también convertirse hoy en leyenda eterna del
fútbol de su país. A la espera de lo que suceda con Di María, ellos dos deberán
liderar a la ‘Albiceleste’ en busca de una gloria que llevan demasiado tiempo
sin saborear, desde que, de la mano de Diego Armando, se impusiesen a Alemania en la final de México 86.
En su camino se cruza el rival al que nadie jamás hubiera querido enfrentarse en una final mundialista.
Fiabilidad hasta el extremo en un equipo que ha variado su estilo, pero en
ningún caso su rendimiento. La Alemania de Löw está muy cerca de culminar con el
mayor título el extraordinario trabajo que vienen haciendo en los últimos años,
en los que solo la brillantez de España les ha privado de dominar el fútbol
mundial. Su exhibición frente a Brasil en semifinales perdurará siempre, pero
si no rematan la faena muchos les tildarán de equipo perdedor por sus recientes derrotas
en las últimas rondas, aunque se trate de uno de los combinados más talentosos
del presente siglo. Parten como favoritos ante una Argentina que ha
sobresalido mucho menos que ellos durante el torneo, pero a la hora de la
verdad eso no sirve de nada, y deberán demostrar en el campo que merecen esta
Copa del Mundo que les igualaría con Italia a cuatro títulos, a solo uno de
Brasil. La sequía alemana es también bastante prolongada, y ya han pasado 24 años de su último título Mundial, precisamente frente a Argentina en Italia 1990. Por ello, hay bastante presión para un equipo que parece superior a su rival pero que últimamente ha fallado en la grandes citas, y eso le puede pesar hoy.
Así pues, Argentina y Alemania se enfrentan esta noche en la final más repetida de los Mundiales en busca no solo de la tercera y cuarta estrella, respectivamente, sino de mucho más: de coronarse en el coliseo con más solera de la historia de la Copa del Mundo, en el que la línea que separa el éxito del fracaso es más fina que en ningún otro lugar. En el partido de los partidos, el balón echará a rodar y no habrá nadie en el mundo que se lo quiera perder. Maracaná vuelve a escena más de medio siglo después para llenar de mística un duelo gigantesco. Ya solo queda sentarse y disfrutar. Viva el fútbol.
Así pues, Argentina y Alemania se enfrentan esta noche en la final más repetida de los Mundiales en busca no solo de la tercera y cuarta estrella, respectivamente, sino de mucho más: de coronarse en el coliseo con más solera de la historia de la Copa del Mundo, en el que la línea que separa el éxito del fracaso es más fina que en ningún otro lugar. En el partido de los partidos, el balón echará a rodar y no habrá nadie en el mundo que se lo quiera perder. Maracaná vuelve a escena más de medio siglo después para llenar de mística un duelo gigantesco. Ya solo queda sentarse y disfrutar. Viva el fútbol.
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